
En el corazón de Holyoke, donde danzan las sombras,
vivía un joven llamado Puppy, atrapado en un trance.
Sus ojos contenían tormentas, su corazón una llama.
un alma enredada en un juego peligroso.
Esta es la primera estrofa de un poema de Luis Antonio “Khalil” Rodríguez, que reflexiona sobre el momento en que él casi quita una vida.
Rodríguez publicó el poema en su página de Facebook con un artículo de periódico debajo, con el titular: “Se buscan dos hermanos en tiroteo callejero.”
En aquel entonces, a principios de la década de 2000, la gente de Holyoke lo llamaba Puppy.
“El nombre Puppy viene de la infancia,” dijo Rodríguez, sentado en un restaurante de Holyoke, justo debajo del gimnasio Whitley’s Boxing and Fitness, donde ahora él es entrenador.
“Ellos me compraron un cachorro, el cachorro me mordió y yo le devolví el mordisco,” él dijo. El apodo se le quedó.
“Yo tengo un tatuaje de eso en el estómago,” dijo Rodríguez, quien, a pesar de sus 43 años, es delgado y musculoso, con un abdomen marcado y físico de boxeador. “El nombre resonó con la cultura pandillera y el estilo de vida de venta de drogas.”
Los padres de Rodríguez eran drogadictos. “Yo salí del vientre de mi madre con síntomas de desintoxicación,” él dijo.
Tras su nacimiento, él fue colocado en servicios infantiles, pasando de hogares de acogida a centros de detención juvenil. Él tenía dos hermanos y una hermana, a quienes también se los llevaron.
Cuando él tuvo la edad suficiente, él comenzó a vender drogas, con la esperanza de ganar lo suficiente para un lugar donde su madre, su hermano pequeño y su hermana pudieran vivir.
“Yo siempre pensaba en el futuro, y todo mi proceso de venta de drogas consistía en intentar que mis hermanos menores volvieran del hogar de acogida. Yo estaba tratando de hacer que mi madre se recuperara lo suficiente como para tener nuestra propia casa,” él dijo.
Pero la vida pandillera lo consumió, y pronto las calles se convirtieron en su único objetivo. Sus compañeros pandilleros le ofrecieron un amor que él nunca había sentido. “Por primera vez, me sentí como en casa,” él dijo. En todas las otras partes de su vida, “no había amor ni afecto.”
La pandilla era como una tribu que se amaban unos a otros y ofrecía “una especie de unidad,” él dijo. Él tenía 14 años.
“Pero entonces, el objetivo ya no era conseguir el dinero suficiente para que mi madre pudiera estar lo suficientemente sobria como para conseguir un apartamento y recuperar a esos niños del sistema de cuidado de crianza,” él dijo. “Ese estilo de vida me absorbió como una aspiradora.”
El amor que él recibía de la pandilla era condicional. Estaba supeditado a la violencia.
“Las personas más violentas y furiosas eran las que ocupaban puestos de liderazgo,” él dijo. “Ellos eran vistos, respetados y honrados.”
Al reflexionar como un hombre adulto que ha sido encarcelado por intento de asesinato, él ahora cuestiona ese tipo de amor.
“Siento que la gente tenía más miedo que amor,” él dijo. “La realidad es que la gente hacía estas cosas por mí porque tenían miedo de lo que yo era capaz de hacerles.”
Incluso mientras él vendía drogas en una pandilla, Rodríguez comprendió que era solo un niño. Él aún tenía las necesidades de un niño. Aún quería una familia. Anhelaba amor incondicional. Anhelaba “esa paz,” él dijo. Pero su vida se volvería mucho más violenta antes de él encontrarla.
Rodríguez tenía 20 años cuando alguien le apuntó con un arma a su hermano de 17 años, lo que lo llevó a buscar al hombre, él dijo.
Él y su hermano llegaron a la casa del hombre. Cuando la gente del lugar lo vieron, se dieron cuenta de quién era. “¡Es Puppy!,” él oyó gritar a alguien asustado.
Un hombre le estrechó la mano. Rodríguez la apartó de un manotazo. Su arma ya estaba cargada. “No he venido aquí para eso,” él recordó haber dicho.
El hombre que, según él, le apuntó con el arma a su hermano pequeño se acercó, “haciéndose el duro.” Hubo un intercambio de insultos. “Yo solo le disparé una vez en la cara,” él dijo. “Recuerdo que se cayó.”
Él y su hermano huyeron a Delaware, pero finalmente fueron encontrados y arrestados.
El hombre al que le disparó sobrevivió. Rodríguez fue a prisión acusado de agresión con intención de matar. Él cumplió ocho años de prisión.
En prisión, él conoció a unos musulmanes que le dieron un nuevo nombre: Khalil. “Significa ‘amigo íntimo,’” él dijo. “Ellos me enseñaron la importancia de un nombre.”
“Él me dijo que este nuevo nombre me definiría en el futuro,” dijo Rodríguez. “Yo no le creí, pero así fue.”
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La vida después de la prisión
El camino de Rodríguez desde la violencia hasta la redención ha sido largo y difícil, pero él se ha comprometido a utilizar sus fracasos para ayudar a otros.
Tras cumplir su condena, él comenzó a trabajar para diferentes organizaciones sin fines de lucro. Él ha trabajado con adolescentes de entre 17 y 24 años arrestados por delitos graves. Él ha trabajado en reducción de daños, asegurándose de que los consumidores de drogas tengan agujas limpias, dándoles la oportunidad de recuperar la sobriedad. El padre de Rodríguez murió de SIDA tras contraer el virus por una aguja sucia.
Rodríguez ha pasado muchas horas en los callejones de la ciudad, hablando con personas atrapadas en la adicción.
Él ha trabajado ayudando a personas que han sufrido violencia doméstica, agresión sexual y trata de personas. En 2014, él creó el Movimiento Vanguardia, que trabaja directamente con pandilleros para ayudarlos a mejorar sus vidas. Él ha dedicado su vida después de la prisión a ayudar a personas que enfrentan luchas similares a las que él experimentó antes de él ir a prisión.
Mientras tanto, él aprendió a sentir. El mismo musulmán que le dio su nombre le transmitió esta sabiduría. “Cuando pienso en todas las decisiones que tomé, nunca procesé mis emociones. Siempre era una reacción,” él dijo, añadiendo que solo conocía estar “feliz” o “enfadado.” No conocía nada intermedio.
Para él, la curación ha consistido en experimentar una variedad de emociones y aprender que está bien sentir.
“Lo que importa es lo que haces con esos sentimientos,” él dijo. Todo este trabajo lo ha ayudado a acercarse a su “yo auténtico,” él dijo, lo cual no tiene nada que ver con las pandillas a las que se unió cuando era un niño.
Desde que él salió de la prisión, Rodríguez se ha topado con el hombre al que él disparó. En una ocasión, ellos asistieron a un partido de baloncesto donde el hijastro de Rodríguez y el hijo del hombre jugaban en el mismo equipo. Él no lo sabía antes.
Cuando se miraron a los ojos, el hombre salió, pero Rodríguez lo siguió. Ellos tuvieron una breve charla. Rodríguez quería hacerle saber que podían compartir el mismo espacio.
Rodríguez carga con el peso de aquella noche. Él le pidió perdón.
“Sin embargo, yo entiendo que él no tiene por qué perdonarme,” dijo Rodríguez.
Finalmente, ellos se reencontraron y presentaron a sus hijos. Entonces, Rodríguez estaba impartiendo talleres de “Alto a la Violencia” y le preguntó si quería participar. “Él no se sentía cómodo,” dijo Rodríguez.
El hombre al que le disparó se negó a ser entrevistado para este artículo.
“Yo necesito hacer las paces con él a través de mis acciones de hoy,” dijo Rodríguez. “Por eso me dedico al trabajo que hago.”
Finalmente, Rodríguez volvió a acercarse. Él se había topado con el hombre al que le disparó. Y esta vez, el hombre le dijo algo que Rodríguez nunca esperó: “Te perdono.”
“Yo me quedé verdaderamente asombrado,” dijo Rodríguez.
Traducido por Damaris Pérez Pizarro





